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Trabajé durante unos 12 años en un proyecto para menores
en residencia. Lo hice al lado de una persona con mucho empuje y una gran
psicología personal.
Siempre decía de los educadores que se iban incorporando
al proyecto que los querían curar a todos de golpe, ello me hacía gracia pero
es la realidad.
Curar en psicología o psiquiatría se consigue pocas
veces, sobre todo cuando son enfermedades orgánicas o cuando son trastornos de
la personalidad.
Ello cuesta de aprender cuando te encuentras con personas
que con o sin formación están motivadas por el tema de la salud mental. No
importa que se les repita que el objetivo no es “curar” sino ayudar, acompañar,
dar soporte. Todo el mundo ha de pasar por su experiencia (que en el argot
laboral se llama “quemarse”).
Cada profesional que se introduce en el mundo de la
clínica llega un momento en que empatiza de una manera especial con un paciente
y le invierte más de lo que se espera de él o ella. Esta inversión produce
siempre un pico positivo en el paciente, temporal pero positivo y ello es
vivido por el profesional como un refuerzo positivo. Luego como todo buen
sistema, se regresa al equilibrio anterior. El profesional intentará una y otra
vez hacer lo mismo y fracasará. Cuando ello ocurre generalmente el profesional
se cuestiona su profesión y suele caer en un estado de pesadumbre. Si supera el
bache será mejor profesional que antes.
Implicarse a estos extremos en un proceso es siempre
perjudicial para el paciente ya que ha perdido tiempo. Pero bueno, la vida es
larga y pocas veces una intervención terapéutica acarrea un mal insuperable o
siquiera mínimo.
Los sistemas son muy estables aunque aparentemente haya
cambios.
En el mundo de la atención personalizada con enfermos
mentales crónicos con los que se convive lleva siempre a la creencia de que
pueden “Normalizarse”. Intentan que aumenten su autoestima a base de superarse
en los campos de la autonomía personal. Lo hablan con ellos, escriben frases,
confeccionan plannings, etc. Y cada paciente tiene su ritmo y su umbral máximo
de autonomía y autoresponsabilización.
A los cuidadores les cuesta entender que alguien no sepa,
por ejemplo, plegar bien una pieza de ropa. Se lo enseñan y se desesperan de
ver que no lo aprende o que al día siguiente lo vuelve a hacer mal. A veces
usan estímulos positivos primero y negativos después y el resultado sigue
siendo el mismo pero el cuidador por un lado se desespera y enfada y el
paciente se pone nervioso o se deprime, o inicia descompensaciones
conductuales.
Hay que entender que si el paciente no sabe plegarse la ropa, le hemos
de ayudar a hacerlo junto con él, tantas veces como sea necesario hasta que un
día plegue la ropa él solito (o ella). Pueden pasar días, semanas o meses. O
puede no llegar nunca el momento pero nuestra obligación es día a día, cada
día, ayudarlo a que lo haga. Y nunca gritar o vejar al otro porque ello es muy
feo y poco humano. A más a más, luego el cuidador se arrepentirá y puede
pasarlo afectivamente mal por haberse dejado llevar por los nervios.
Frases como: “¿No quieres ser independiente?, pues cuando pliegues la
ropa y hagas todo lo demás como te digo, lo serás.” Dicha frase es un engaño en
los enfermos mentales crónicos. Lo bueno es que ellos lo saben (quizás en su
interior); saben que les estamos mintiendo. A parte que una persona así, con
muchos años de enfermedad ha perdido su capacidad para ser autónomo. Después de
por ejemplo, 40 años siendo un discapacitado mental, es muy difícil pretender
que en 1 o 2 años hará el aprendizaje de autonomía que le habría tocado hacer
si no hubiera enfermado.
Por lo tanto, hemos de tener paciencia y entender cuáles
son los límites del paciente. No hemos de movernos de un escalón de autonomía
hasta que la persona lo suba y baje de manera constante y correcta durante
mucho tiempo. Luego podemos probar de pasar al siguiente. Pero si el paciente
no puede pasar al siguiente, hemos de mantenernos en el mismo siempre en la
acción que impide el ascenso. Si sabe doblar unos pantalones pero no una
camisa, le daremos soporte para plegarla bien cada vez. Ello entabla una
relación muy estrecha de colaboración y el paciente se siente útil porqué nadie
le está exigiendo más de lo que puede ir dando.
Para acabarlo de entender os pondré un símil. Imaginaos
que tenéis un carro que lo tira un hombre. El carro significa el problema. El
carro se encalla, sube pendientes, etc. A veces el hombre que tira de él, no
puede con él. Nosotros como caminantes serviciales le podemos ayudar de las
siguientes maneras:
- Tirando del carro nosotros.
- Yendo a su lado y ayudando cuando puede solucionar sus encalles.
- Ponernos detrás, dejando que el hombre lo haga todo solo y aprenda por experiencia, limitándonos a hacer comentarios sobre lo sucedido pero nunca sobre lo que puede suceder.
En el caso de las personas de las que hablo, la solución
correcta es la 2 en relación a los aprendizajes o a su mantenimiento y mejora.
Es muy importante:
- Tener paciencia.
- Ponerse en la piel del otro.
- No enfadarse, animar siempre.
- Bajar un escalón si el paciente no puede subir al nuestro (ir con él).
- No subir un escalón si el paciente aun no lo ha subido.
- Y sobre todo: no pedirle peras al olmo.
Y para finalizar, un secreto: no es diferente en los
problemas mentales menores. Hay que entender como es la persona que tenemos
delante, cuáles son sus posibilidades y límites.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarFantástico artículo Dr.Gracias.
EliminarEs exactamente como pasa. Pero no hay que desesperar, un buen paseo por la playa (3 horas andando) y una buena comida en un restaurante, a ellos les encanta (residentes)y lima asperezas de convivencia, tanto a los residentes como a los cuidadores... Luego una buena siesta y unas partiditas (parchís, dominó, cartas, ajedrez...)y la cena (fruta y yogur, claro!!!)
ResponderEliminarEl restaurante puede ser Fresc Co (salad & grill)vale con cupon de regalo 5 euros por persona (estos cupones salen en los diarios gratuitos QUE...)
ÁNIMOS PARA TODOS Y ADELANTE!!!!